Rogelio no era una persona fácil de llevar. Tenía un carácter obsesivo, falto de empatía, y de una persistencia machacona que hacía que la mayor parte de las personas perdieran fácilmente los nervios con él. De alguna forma esto le daba su sello personal y Rogelio volvía a casa bastante satisfecho de haber tenido discusiones apasionadas y profundas sobre la vida con sus amistades. 

Después, el grupo de amigos, cuando se veían libres de Rogelio, solían contar las jugadas que este amigo/personaje había hecho. El otro día, se puso a discutir con un camarero si las aceitunas debían servirse con el agüilla o no, y que por qué siempre solían ser aceitunas verdes y no negras. El tío se pasó entreteniendo al pobre chaval, mientras los de las mesas de al lado le miraban con cara de asco. Menuda vergüenza de tipo, y no se le puede decir nada, porque sino, ya empieza con que si uno no va a poder expresarse y que si el camarero no estuviera interesado no se pararía a hablar con él tan tranquilamente. Siempre parece tener que llevar la razón. 

Todos están de acuerdo en tal sentencia, y van contando uno a uno las actualizaciones. Como cuando se probó todas las camisetas de la misma talla y del mismo color para asegurarse cuál estaba mejor cortada. La del día que empezó a preguntarle a los jardineros por qué no organizaban el trabajo con los de la máquina de limpieza de las calles, para avisar del día que iban a hacer todos ruido a la vez y así solo molestar un día a los vecinos.

Estaban reunidos en el bar de siempre, contando estas historias de forma acalorada, ruidosos y divertidos, cuando Rogelio apareció justo a sus espaldas. Normalmente trabajaba a turnos, así que los pilló desprevenidos, todos contaban que esa tarde estaría trabajando.

Los cazó en medio de un destripamiento colectivo. El grupo quedó murmurando y nervioso.  Cambiaron su postura, acomodándose a la situación, uno de ellos titubeo delatando claramente el ambiente culposo ¿Hombre! Qué haces aquí, no tenías turno de tarde en la fábrica? 

Rogelio, tranquilo, confiado como siempre, les explicó que había habido un problema eléctrico y esa tarde los habían mandado para casa. 

Uno de los amigos, con ojos avergonzados, sabiendo que debía haber escuchado parte de la conversación hace el intento de explicarse. Mira tío, estábamos contando lo del otro día… que joder, es que macho cómo eres… 

Rogelio, con calma le pone la mano en el hombro y no le deja acabar. Todos miran el gesto de su cara, no parece ofendido,  de hecho tiene un gesto orgulloso, magnánimo. Tranquilos, no hace falta que os justifiquéis, si me encanta saber que soy yo quien mantiene unido al grupo.

Cuando se marchó, se sonreían y negaban con la cabeza gacha, cómo es Rogelio murmuraron entre sorbos de sus cervezas ya calientes. Mira que ni siquiera se planteará por qué le criticamos. No hay quien pueda con él. Acabaron sus bebidas y se marcharon.

La siguiente tarde que Rogelio trabajaba, se reunieron de nuevo, quizá por vergüenza  o por orgullo nadie se atrevió a contar ninguna anécdota. Jugaron unos dardos, comentaron unas series y se fueron pronto a casa. Realmente ese día algo cambió. Nunca más quedaron por la tarde. No podían seguir fingiendo , eran conscientes de lo que sabían, Rogelio esta vez si tenía razón.