LIBRE DE SER LIBRE

Andaba Miriarte por el palacio como siempre, desdichado y taciturno. Menguado, cabizbajo y farfullando, mientras mascullaba pensamientos oscuros por los rincones. «El rey es un tirano,» se decía a sí mismo, «me esclaviza, me manipula, vivo maltrecho y maltratado. Desprecia mis bienintencionados cuidados con su desdén, su gesto de superioridad, su soberbia y solo muestra el mayor de los desprecios hacia sus fieles y entregados súbditos.»

«Ojalá no hubiera nacido aquí,» pensaba con amargura, «esclavo de este palacio, condenado a sufrir una vida que ni es mía ni puede serlo.»

En estos lamentos se hallaba, mientras la plata de ley y la plata del rey limpiaba. Entre friega y queja, pulía el valioso metal, cuando, de repente, apareció frente a sus goteantes narices un genio, que salió de un botijo de la primera comunión de un sobrino de un primo de un hijastro bastardo del rey. El genio, harto ya de tanto lamento, le dijo:

—Miriarte, te llevo escuchando llorar desde que entró aire en tus pulmones, y no has encontrado en este palacio ni un segundo de alivio. No descansas de tu lamento ni cuando la noche cae en tus párpados y podrías ser libre en tu imaginación. Hasta en esos momentos se que repites la pesadilla que fue tu día mientras duermes.  Es hora de liberarte a ti de este yugo, a ti y a todos los que viven contigo que soportan además el peso de escucharte. Así que, eres libre. Miriarte, podrás salir y vivir tu vida. Sin rey y sin normas, sin tareas locas, sin desprecios. Ya no tendrás que quejarte más, tu vida dejara de ser un tormento. 

Miriarte se quedó estupefacto, inquieto por si tal genio era fruto de haber comido algo en mal estado o de los efluvios de los productos de limpieza. Cuando recuperó la compostura, reflexionó en voz alta sobre tal oferta:

—¿Vivir yo libre? ¿Libre y solo? ¿Libre, solo y responsable, sin rey que me mande? ¿Libre, responsable al completo de mi vida y acciones, sin rey a quien culpar ni nadie que escuche mis lamentos? ¿Libre, solo, responsable, sin nadie a quien culpar ni nadie que escuche mi lamento, libre… ¡y sin palacio!?

Miriarte entonces dejó caer la plata al suelo haciendo que el genio volviera a los vapores de esos algodones rosados y pestilentes. Llevó el botijo lustroso a la habitación del rey mientras murmuraba con un gesto sonriente que nunca se había visto en el apesadumbrado vasallo. 

—¿Ay, qué habré hecho yo para merecer esto?

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