MIRAR SIN VER
El verano en Galicia es una época que puede durar una sola semana en mayo, un periodo intermitente de tiempo entre julio y agosto o aparecer sorpresivamente a finales de septiembre.
Pese a que ya deberían estar acostumbrados, de alguna manera, cada vez que venían desde Villarejo del Zarzal, les volvía a extrañar tener que meter en la maleta bikinis y jerséis. Pasaban los primeros días hablando del tiempo cuando venían de visita, formaba parte del ritual como tomar el primer día Albariño aunque preferían la cervez.
Estaban disfrutando de su nieto, Carlos, sin diminutivo, ya que sus padres habían sido muy tajantes respecto a llamarlo Carlitos, Carliños o cualquier otra cosa. Así que ese bebé blandito y blancuzco era ya todo un Carlos.
Marcos intentaba sanar la relación entre ellos. Se habían mostrado bastante contentos de tener un nieto y habían venido varias veces para ayudar. Tenían detalles con Claudia. No podía pedir más, esos padres duros y críticos se habían vuelto más tiernos y cariñosos, como galletas campurrianas mojadas en leche.
En muchos momentos tenía que vencer los rencores de tiempos pasados, esas ganas de preguntar por qué no habían sido así cuando él era niño, o lo mucho que lo comparaban con Rubén. Pero sabía que eso solo levantaría una barrera cuando precisamente estaba intentando tender un puente. De esta forma, sin pedir nada, y sin levantar viejas costras se podía mantener una cierta normalidad.
Aprovechando la visita de este verano tardío, con menos gente en la playa y recuperados tras unas vacaciones en Canarias lejos de la familia, decidieron invitarlos a pasar unos cuantos días. La apuesta era arriesgada, pero algún día tenía que ser el día. Carlos gateaba y babeaba a un ritmo imparable, por lo que una ayuda extra no les vendría nada mal.
Estaban en un chiringuito, tomando algo y abrigados con toallas por encima de los hombros, como quien no quiere proclamar una derrota. El sol ya se había ocultado detrás de uno de los edificios, y esa humedad que toca hueso les hacia luchar entre quedarse un poco más o rendirse ante la evidencia de estar pasando frio en la playa.
En ese momento a Marcos le pilló desprevenido, aunque sea algo que todos hacen con los niños, ese extinto arte de la ventriloquia.
Con Carlos en el regazo del padre mientras lo hacía botar en sus rodillas, la madre puso voz infantil y dijo: «Vaya, mis papis no trajeron ropita de abrigo para mí. Menuda cabecita que tiene mi papaito. Es taaaaan despistado como siempre».
Y Marcos, a través de esa critica, volvió a revivir esas conversaciones en las que estuvo como oyente sin ser tenido en cuenta. Cuando su familia junto con otros padres o con sus profesores hablaban de él como si no pudiera entender lo que decían ”Ojalá Marcos fuera como su hermano. Es que el pobre, no se centra. Es descuidado y torpe.No sé que haría si no le estuviéramos encima… ”
La gran diferencia es que el ya había renunciado a que le percibieran de otra forma, el no quería ser lo que “ debía ser” para su familia . Aunque le doliese, era consciente que sus padres llevaban tiempo recitando un guión de memoria.
Cogió a Carlos, lo arropó con su sudadera sin contestar a sus padres mientras deseaba para sus adentros, mirando a su inocente hijo, «ojalá te sepamos ver”.