La abuela siempre se encerraba. Cada vez que iba al baño, echaba el pestillo con una insistencia que parecía un ritual. A Ana, su hija, aquella manía le sacaba de quicio. Lo habían discutido mil veces.

—No puedes cerrar la puerta, mamá. ¿Y si te pasa algo?
—¿Qué me va a pasar? ¿Resbalarme? ¿Y tú qué harías, tirarte al suelo antes para amortiguar?
—Hablo en serio.
—Y yo también.

La conversación siempre terminaba igual: un “déjame vivir”, un portazo y el pestillo. Hasta que un día Ana se cansó. Quitó el maldito cerrojo. Muerto el perro se acabó la rabia, pensó. Aunque, en el fondo, también había algo de revancha, una pequeña victoria silenciosa.

Esa misma tarde, un ruido seco seguido de un gemido ahogado la puso en alerta.

—¡Mamá! —gritó mientras empujaba la puerta.

La escena la dejó helada. Su madre estaba ahí, con las mejillas encendidas y el pelo revuelto, sujetando un Satisfyer con aire de lo más concentrado. Durante unos segundos que parecieron horas, ambas se miraron sin saber quién estaba más sorprendida.

—¿Qué haces? —balbuceó Ana, entre el pánico y la incredulidad.

Su madre suspiró, como si la interrupción fuera una auténtica molestia.
—¿Cómo que qué hago? ¡Bolillos hago! Ya te tocará, hija.
—¿Qué dices, mamá?
—Ya te tocará. El aparato no, eso no se hereda. La artrosis, esa sí. Ahora cierra la puerta, anda.

Ana salió cerrando la puerta con cuidado, como si fuera a deshacerse en mil pedazos. Se quedó un momento quieta en el pasillo, mirando el suelo.

De pronto, pensó en su madre de otra manera. Una mujer con sus propios deseos, su humor directo, su forma de lidiar con la vida. ¿En qué momento había dejado de verla así? Había convertido la edad en una excusa para negar todo lo que no quería imaginar.

No sabía si reír o enfadarse consigo misma. Sonrió. Una anécdota más para su psicóloga. Y entonces recordó aquel refrán que tantas veces le había oído a su madre cuando se agobiaba antes de los exámenes:

“Hasta la muerte, todo es vida.”

Ahora lo entendía de verdad.

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