Ese día se vistió con especial desgana.
El armario huele a una humedad de musgo y madera mojada, como de río estancado. La ropa siempre está fría y es desagradable verla y ponérsela sobre la piel a esas horas. Aspira el olor mohoso mezclado con suavizante y cierra la puerta deprisa, como si el armario pudiera tragarla también.
Descolorida, pesada y frágil, sale de casa deseando convertirse en cualquier objeto inanimado del mobiliario urbano, un contenedor de papel, por ejemplo. Lo que le ha ocurrido no lo sabe bien ni ella. Es como si un parásito se hubiese instalado en el ala izquierda de su cerebro, toqueteando todo el circuitado mental hasta que ahora no es capaz de ver nada. Las cosas se le aparecen dentro de una niebla densa que huele a huevos podridos. ¿Tendré el demonio dentro? Tendría que estar enfadada, pero está pegajosa y triste.
Va hasta la panadería de siempre, aunque algo le decía que no tenía que ir. Pero el demonio cerebral la tiene anulada, automatiza sus pasos y siente cómo el frío le entra por los tobillos, en esta moda absurda de llevar partes sensibles expuestas incluso en invierno.
Suena la campanilla de la entrada y nota que la gente se gira para mirarla. Si tuviera una docena de gatos, se los lanzaría a la cabeza. Gatos rabiosos, la película. En cambio, baja la mirada, fantasea y niega levemente esa idea mientras mantiene las pupilas clavadas en las baldosas color teja, donde quedan huellas frescas de las pisadas de los clientes. La campanilla suena detrás de ella y se aproxima una mujer con un abrigo que ocupa demasiado espacio, que rezuma un perfume pastoso y floral. Huele también un poco a maquillaje y a desodorante de una marca conocida.
La tristeza le anuló todos los sentidos menos el del olfato, que la orienta hacia todo lo que le repulsa. En el mostrador, la gente compra muchísimos panes; hay tantas variedades que empieza a ensayar también, mientras deja atrás la fantasía de los gatos asesinos. ¿Qué barra de pan tengo que pedir? Como si estuviera en otro país y tuviera que repasar la lección de cómo se dice una barra de pan de leña, por favor.
Escucha el ruido de una moto de fondo, entre la cháchara de las dependientas y los clientes. Está bueno ese bizcocho, mira que a mis nietos no les gustan las pasas… no llevará pasas esa empanada, ¿verdad?
En las mesitas al lado del mostrador, donde sirven cafés con restos de bollería reseca que no venden en la panadería, se sienta una pareja. De pronto se queda congelada. Sabía que hoy no tenía que venir aquí. Él no va a cambiar sus costumbres por nada: su partido de pádel, la vuelta en moto si hace bueno, su café cortado con sacarina y un croissant. Se la ha traído a ella, jovial, inocente, a ese eterno retorno de cada domingo en el que ella nunca tuvo opción de negociar nada.
Ahora más que nunca quisiera ser un contenedor, convertirse en el cubo de basura que se siente. ¿Por qué él no se siente así? ¿Por qué sigue con su camisa planchada por su madre de 85 años, con el pelo repeinado y colonia hasta en los dientes, sonriendo a su nueva y joven pareja? Por ella solo siente pena. Por él, un desprecio que empieza a subirle hasta el pecho, donde podría arrancarse esos pelos grises de su desvencijada cabeza y clavárselos como agujas.
Quiere contarles a voz en grito todo lo que es esa cucaracha inmunda de persona, que le hizo invertir su salud y su esfuerzo para que él creciera como un bebé rollizo y esponjoso, mientras ella se consumía y avinagraba sin más consuelo que salir el domingo a tomar un café, acompañada y sola con él.
Le toca su turno. Farfulla que quiere un pan de leña. En el último momento dice:
—Ah, y una de esas —señalando hacia dentro del local.
Paga rápido y se va al baño. El corazón empieza a latirle con fuerza, como si por dentro su cuerpo se estuviera volviendo a llenar de sangre, de bilis, de todo lo humano. Las piernas se le tensan y ya no tiene frío en los pies. Se mira en el espejo y descubre que le brillan aún los ojos. Quita el envoltorio de su compra y sale con la barra de pan en la mano.
Cuando va a salir del local, se para delante de ellos. No dice nada. Les sonríe, como quien va a felicitarles la fiesta y se alegra genuinamente de encontrarlos allí. Él alza la mirada y levanta las cejas, limpiándose la comisura de los labios con la esquina de la servilleta. Su aliento huele a café, su colonia, su aftershave… la casa de su madre. El estómago se le hace un nudo, el corazón va lento y fuerte.
Ella mantiene la sonrisa. No hay niebla, solo una claridad enorme.
Le estampa la tarta de merengue en la cara sin decir nada, dejando la mano el tiempo suficiente como para notar el gesto de él debajo de ese postre amargo. Cuando la chica se levanta increpándola, gesticula muchísimo. Eso le produce un reflejo inmediato; no tiene nada contra ella, solo quiere que le deje disfrutar de su momento.
—Cállate —le dice, y le pega con la barra de pan de leña en la cabeza.
La chica se queda pasmada y se sienta, llevándose las manos a la cabeza, más por la humillación que por el dolor físico, supone.
Todo el local está en silencio. Cuando abre la puerta y sale con su media barra de pan en la mano, vuelve a escuchar levemente la campanilla y el rumor que reaparece tras su salida: las sillas, el barullo, los cuchicheos. Sus oídos acaban de destaponarse.
No se había dado cuenta, pero el olor de la panadería fuera tiene un dulzor que la envuelve. Las mejillas aún le arden y agradece el aire frío. El sol está precioso, el azul el cielo intenso, y se atusa el pelo. Sonríe. Ve su sombra en el suelo y, por un momento, un resquicio de arrepentimiento le atraviesa el cuerpo: ¿Qué has hecho? ¿Cómo has podido? Pero queda solo en un susurro, has podido, has podido, lo has hecho, cada vez con más alegría.
Camina ligera, sin esa densidad que la acompañaba. Hoy es un bonito día de invierno para pasear.