Al abrir los ojos, casi sin pensarlo, su mano se desliza hacia el borde de la cama. Ahí está su teléfono, el de las cuatro cámaras. Nunca hizo demasiadas fotos y sabe que no lo necesita, pero lo compró igual. Últimamente no se despega de él.
Es temprano; ha empezado a madrugar para prepararse una infusión que vio en un reel: agua caliente, jengibre, limón y algo más que compró online. No sabe si nota algo diferente, pero le gusta pensar que empieza el día haciendo algo bueno por sí misma. Apenas pisa tiendas físicas. No tiene claro por qué, pero le incomodan. Prefiere la pantalla del móvil, donde todo parece más fácil. Eso sí, se promete que puede volver a comprar en persona si quiere. Hace ese contrato mentalmente.
Algunos repartidores ya están registrados en su móvil: “repartidor 1”, “repartidor 2”. A veces se pregunta qué pensarán de ella al entregarle tantos paquetes. Quizá nada. Quizá sí. Ella tampoco necesita todas esas cosas. Pero le recuerdan a las cuentas que sigue. Esas personas sí saben qué hacer, qué leer, cómo arreglar un rincón. Solo verlas le da calma. Bueno, y un poco de envidia sana. No hay nada de malo en querer ser mejor y rodearse de cosas bonitas.
El otro día, en la oficina, esa “envidia sana” la sintió al ver la botella cuadrada de Claudia. Tan elegante, tan distinta. Claudia siempre la ha fascinado: la forma de llevar el bolso en el antebrazo, la delicadeza de sus movimientos. Tiene un aire de haber salido de un anuncio de perfume. Ana, en cambio, siente que parece recién salida de tirar la basura por la noche.
La botella cuadrada empezó a obsesionarla. No podía dejar de pensar en ella. Comprar una igual sería demasiado obvio. No por Claudia, sino por ella misma. Sería como admitir algo que no quería poner en palabras. Así que no la compró. Pero tampoco dejó de pensar en ella. La veía en todas partes.
Un día tuvo una idea. En su empresa, cada año regalaban algo diferente por Navidad. Ella tenía acceso al catálogo y sabía que el jefe siempre elegía lo más barato. Bastaba con dejar algo más caro al lado y abrir el catálogo por la página correcta. Eligió una botella cuadrada parecida. No era igual. Era una copia barata. Mejor así. Imaginó a toda la oficina con esas botellas estampadas con el logo de la empresa. No era un plan perfecto, pero era un plan.
Cuando llegaron las botellas, las repartió.
—Nuestro jefe, siempre tan original —dijo con ironía.
Al día siguiente, los regalos estaban en todas las mesas. Claudia también tenía la suya. Ana la observó de reojo, esperando algo: un gesto, una reacción, cualquier señal de que había notado lo que ocurría. Pero Claudia simplemente miró la botella, la dejó junto a la suya y siguió con lo que estaba haciendo, con la misma naturalidad elegante de siempre. Ana sintió algo parecido a probar un plato que esperabas delicioso y no tenía sabor. Su victoria, si es que podía llamarse así, se había desvanecido antes de empezar. ¿Cómo podía Claudia hacer incluso de eso algo natural?
Esa noche, Ana cogió una de las botellas de la tanda. La giró en las manos. No estaba mal. Al dejarla sobre la mesa, sintió que nada había cambiado. Apagó la luz y se tumbó en la cama. Abrió el móvil buscando algo que escuchar. Quizá música clásica. Necesitaba relajarse.
Mientras deslizaba el dedo, apareció un anuncio: un tocadiscos vintage, con madera pulida y un brillo perfecto. Ana se detuvo un momento. Luego, sin pensar demasiado, lo añadió al carrito.
Ahora, claro, tendría que hacerse con algunos discos.