Lo alucinante de ser psicóloga es tener acceso cada día a algo que casi nunca se ve fuera de la consulta: la intimidad real. Es una suerte que la gente venga a ser quien es, a descubrirse, a quitarse las máscaras. Es un honor que tantas personas me dejen presenciar quiénes son de verdad.

Sin embargo, también veo algo que se repite: cada vez sentimos que tenemos menos personas con las que estar de verdad. Alguien que pueda mirarnos, sostenernos, estar un rato con nosotros mientras estamos… como estemos.

Lo que más me sorprende no son las grandes confesiones —y mira que me gusta el salseo—, sino esos momentos en los que veo cómo se le cambia el gesto a alguien, cómo una microexpresión contradice lo que dice, cómo un silencio revela más que mil palabras. Ese espacio en el que no hay guiones ni frases aprendidas, donde aparece lo auténtico, lo profundo, lo inesperado.


Acompañarte en lo que venga

A veces me impaciento, que no es la mejor cualidad para una psicóloga, lo admito. Quiero ir directa al grano, mientras la otra persona se entretiene en detalles que parecen irrelevantes. Pero cuando consigo frenar esa urgencia y dar espacio, descubro la maravilla: cómo cada cerebro procesa a su manera, conecta piezas que yo jamás uniría.

Otras veces el dolor es tan intenso que la persona queda atrapada en él, como en el ojo de un huracán: vacas y tejados volando, y yo al lado sin que pueda verme. A veces lo único que necesita es saber que no está sola, sentir que sigo ahí y, después, cuando todo se calma, ayudar a recoger lo que haya quedado. No hay nada más poderoso que sostener ese vínculo.

Hay que dejar espacio para que surja algo diferente. Pero si dejo de mirarte… te quedas solo en tu huracán. ¿Dónde acabaste?


Lo que nos perdemos con el teléfono

Actualmente me pregunto cuánto daño nos está haciendo el teléfono en todo esto: en tapar relaciones malas, en sustituir conexiones reales por sucedáneos. Como cuando miras la etiqueta de los alimentos: cada vez más trazas de cosas y menos alimento original.

Me vienen más personas echando de menos poder conectar con alguien de verdad. Sentirse comprendido, escuchado, visto.

El teléfono se convierte en refugio: el sticker, el meme, el vídeo, el scroll infinito. “Jajaja, mira, un hámster con peluca”. Siempre hay un botón para salir de lo que sentimos. Que me aburres, pues miro el móvil. Parece que contacto contigo, pero no estoy ni con quien tengo delante ni con la persona a la que escribo.

Como un micro rato está bien. Como un apoyo a mi vida real. No un sustituto. Trazas de Instagram en 90% de vida original.
Pero me da la sensación de que se nos está yendo de las manos. O mejor dicho: que el móvil no se nos va de las manos.

Donde más nos golpea es en la necesidad de intimidad, conexión y comprensión.

Si me aburro contigo en el sofá charlando, ese aburrimiento compartido puede acabar en chincharnos y reírnos, en un abrazo largo, en ir a hacer la cena juntos o en ponernos a hacer el amor.

En cambio, si ponemos una película que nos aburre igualmente, mientras tu miras noticias y yo bajo libros del top 100, estamos juntos pero ausentes. Y lo que se pierde no es la película: es la posibilidad de estar. Pues nada, ahora tengo un libro más guardado para no leerlo, un polvo menos y la ropa aún en el tendal. Ah mira, el hámster con peluca otra vez, se lo voy a enviar a Mikaela235 que le hará gracia. Y de nuevo, la nada. Mucho aburrimiento, poca conexión.

Quizá lo valioso hubiera sido quedarme en mi vida, la que tengo. Que si no quiero hacerte el amor y sí ver a otra gente en redes, habrá que mirarlo.
Que si no hago más que mandar humor absurdo a todo quisqui pero no recuerdo cuándo nos hemos reído juntos, habrá que mirarlo.
Que si todo me da pereza y me quedo con el cuello retorcido, viendo casas impecables de otros mientras mi ropa sigue tiesa en el tendal… joder, 6 reels ahora de gatos con mascara de Batman, esta Mikaela235 está más aburrida que yo, maldito algoritmo… o habrá que mirarlo.

¿Dónde está mi vida auténtica? ¿De qué lleno esos vacíos? ¿De qué conversaciones o conexiones estoy escapando?

La distracción siempre fue una técnica para apartar la vista de lo importante. “Mira qué bonito el juguete”, dicen los padres cuando el niño llora. Y la cuestión de fondo sigue siendo: ¿qué me está pasando y por qué estoy literalmente mirando a otro lado?¿qué si hay que mirar?


Aburrimiento, descanso y presencia

El aburrimiento es incómodo, pero fértil: empuja a crear y a compartir silencios.
El descanso nos devuelve al cuerpo.
La presencia nos conecta: mirar, oler, escuchar, sentir al otro y lo que despierta en mí esa conexión.

El teléfono tapa esas experiencias porque nos ahorra el vacío. Pero ¿qué vacío está tapando? Cada persona tiene que preguntárselo:


Señales de alarma

Algunos ejemplos muy cotidianos de que tu relación con el teléfono se te está yendo de las manos —ah no, que no se te va de las manos:


Lo que realmente importa

Cada vez más personas llegan a terapia porque necesitan conexión real: sentirse vistas, escuchadas, comprendidas.

El valor no está en las técnicas ni en las palabras mágicas. Está en el vínculo: en mirar de verdad a alguien, en notar el temblor de un labio, en escuchar lo que nunca se había dicho en voz alta.

Eso, que parece tan simple como dos personas sentadas una frente a la otra, es lo más difícil y lo más valioso que tenemos. Y nada —ninguna red social, ningún scroll infinito— puede sustituirlo. Porque algo sucede cuando estoy mirándote, presente, cuando te veo a los ojos y tus ojos no se pierden en una pantalla.

Me siento profundamente afortunada de que me elijan para compartir su autenticidad, para estar presente, incluso ponen para estar conmigo el modo avión. ¿A quién más le regalas eso?

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