Envidia sana

Al abrir los ojos, casi sin pensarlo, su mano se desliza hacia el borde de la cama. Ahí, siempre en el mismo sitio, la espera su teléfono, su teléfono con cuatro cámaras. Nunca hizo demasiadas fotografías, y sabe que no necesitaba un armatoste así de grande pero se encaprichó. La verdad, que últimamente no se despega de él.
Es temprano; últimamente ha comenzado a madrugar para prepararse la infusión que vio en algún reel: agua caliente, jengibre, limón y algo más que compró la última vez en una tienda parecida a una parafarmacia de lujo, online claro. No sabe si nota algo diferente, pero si que siente que empieza el día haciendo algo bueno para si misma. Apenas se atreve a comprar nada en modo presencial. No tiene muy claro por qué, es como si sintiese que pierde más el tiempo entrando en tiendas y no comprando nada, que viendo la pantalla del movil. Bueno, podría no coger el telefono nada más levantarse, pero quién hace eso a día de hoy. Puede comprar algo en alguna tienda física, si, eso si lo puede hacer. Hace ese contrato mentalmente.
Ya que algunos repartidores ya los ha registrados en su móvil: “repartidor 1”, “repartidor 2”. Supone que tendrán algo de curiosidad por saber lo que compra. Qué se imaginaran de ella? Sabe que no es que realmente las necesite. Casi todas esas cosas tienen algo en común: le recuerdan a las series, a instagram a Pinterest. Todo es perfecto allí, siempre. La gente sabe que hacer y cuándo hacerlo. Cualquier rincón parece diseñado para que la vida sea más fácil, más bonita. Ella no busca lo mismo, no esa perfección. Sabe que es mentira Sólo está segura de que hay algo ahí que la calma. Sí, es una forma de envidia. “Envidia sana”, se dice, porque no hay malicia en desear una imagen así. Al fin y al cabo todos queremos estar rodeados de cosas bonitas, leer más, saber más, no hay nada de malo en ello.
El otro día, en la oficina, esa envidia sana la sintió con más intensidad al ver la botella cuadrada de Claudia. Tan elegante, tan distinta. Claudia siempre la ha fascinado: esa forma en la que lleva el bolso en el antebrazo, nunca en el hombro, la delicadeza de sus movimientos. Su compañera tiene un aire de haber salido de un anuncio de perfume. En cambio Ana no se siente así, es más bien como si siempre estuviera a punto de sacar la basura por la noche.
Claudia, en cambio, era impecable desde el primer rayo de luz, lista para cada escena de la vida cotidiana. Se la imagina en casa, tal vez preparando hummus en esa batidora de color turquesa que ahora se llevan, mientras su pareja igualmente impecable le sirve vino, música del último concierto al que fueron juntos sonando de un tocadiscos que seguramente es caro y reluciente, pero con un aire vintage que queda superbien con el resto del salón. Ella, pues lo intenta, a veces hecha el humus del Mercadona en un cacharro superbonito que compró en un mercadillo de segunda mano, que pensaba que haría un toque de vajilla de la abuela algo transgresor con el resto de muebles de Ikea. Bien es cierto, que la mayoría de veces lo que hace es comer de pie al lado del fregadero para no llenar todo de migas. Que glamour puede tener eso comparado con el tocadiscos de Claudia. Todo en Claudia parece pensado, pero no lo está. Eso es lo que más fascina.
Ana no puede evitar compararse. Cuando entra en una sala, siente que ocupa demasiado espacio. Cuando habla, su voz parece fuera de lugar. No es inseguridad, es otra cosa. Como si estuviera siempre interpretando un papel que no sabe de memoria.
AL día siguiente la botella cuadrada le empezaba a obsesionar. No podía dejar de pensar en ella. Comprarla sería demasiado evidente. Y aun así, el deseo estaba ahí, un pensamiento latente mientras, en el metro, pasaba videos tras videos, cada uno ordenado meticulosamente en carpetas de su móvil: "compras", "lugares", "recetas", "maquillaje", "accesorios". La veía en todas partes. Comprar una igual sería demasiado obvio. No por Claudia. Por ella. Sentiría que estaba admitiendo algo que no quería poner en palabras. Así que no la compró. Pero tampoco dejó de pensar en ella.
Un día tuvo una idea. En su empresa, cada año regalaban algo diferente a los empleados por Navidad. Ella podía elegir qué proponer. El jefe solo se fija en aprobar el presupuesto si es barato. Ella no tenía casi que decidir nada, solo dejar el catálogo abierto y otra cosa más cara al lado. Así que buscó una botella cuadrada parecida. No era igual. Era una copia barata, mejor así. Tenía algo perverso imaginarse a toda la oficina con el logo de la empresa estampado en botellas cuadradas y feas. No era un plan perfecto, pero al menos era un plan.
Cuando llegaron las botellas, las repartió entre los compañeros.
—Nuestro jefe, siempre tan original —dijo, mientras sonreía con ironía.
Al día siguiente, los regalos estaban en todas las mesas. Claudia también tenía la suya. La miró unos segundos y luego la dejó sobre la mesa, al lado de su botella. Ana observó el momento de reojo. Esperaba algo. Un gesto, una reacción. Pero Claudia no dijo nada. Ana sintió una especie de alivio, pero era extraño. Como si esperara haber ganado algo y no lo hubiera hecho. No era el triunfo que esperaba.
Esa noche, en casa, Ana cogió una de las botellas de la tanda. La giró en las manos. No estaba mal.Al dejarla sobre la mesa, sintió que no había cambiado nada. Apagó la luz y se tumbó en la cama. Abrió el móvil para buscar algo que escuchar. Música clásica quizá, necesitaba relajarse después de estas semanas.
Mientras deslizaba el dedo, apareció un anuncio: un tocadiscos vintage, con madera pulida y un brillo perfecto. Ana se detuvo un momento. Luego, sin pensar demasiado, lo añadió al carrito.
Marta Carneiro