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Relatos Miserablemente

El dibujo

Gerardo era un empresario de éxito, decían. Su mujer solía, hace años, mirarlo con cierta admiración cuando lo decía en las cenas con amigos. Quizá entonces ambos pensaban que ese éxito tendría un final feliz. “¡Vamos a ser ricos!”, bromeaba ella con los amigos mientras servía más vino. Eso es lo que pensaban cuando accedió al puesto: una casa bonita, quizá ir a por la parejita, un techo que haría de hogar.

Pero con la segunda ambos se rindieron. Ya sabían que esas palabras —“empresario de éxito”— no significaban nada más que él siempre iba a estar atendiendo una llamada, revisando un presupuesto, contestando a alguien que era urgente. A cualquier hora. En cualquier parte.

Él, muchas veces, se sentía obligado a seguir sosteniendo esa vida: el colegio más caro, las tablets y ordenadores, los móviles nuevos, aparatos invisibles, el profe de apoyo, las clases particulares de no sé qué. ¿Robótica va la pequeña? Poder pagarle a la mayor el coche, los estudios donde quiera. Que quiere hacer Bellas Artes, pues se le paga. Total, ella está descansada, ¿no? Ya trabaja él. Ya trabaja él por todos.

Pero la verdad es que no sabe ni qué piensa su hija. Está completamente desconectado. De la pequeña... hasta ella lo agradece. Con la mayor sí lo intentó. Él se dice que por eso, con la segunda, ya no tuvo energía. Las niñas han hecho piña con su madre. Todo lo importante se lo cuentan a ella. Ella decide. Ella organiza. Ella es la que sabe qué pasa por sus cabezas. Quién es su mejor amiga ahora que no es Antía. Él ya no se sabe más nombres, la verdad.

Y claro, él no puede decir nada. Porque entonces parece que va de víctima. Ella también eligió esa vida. Pero eso no se dice, bueno, en realidad, el no dice ya nunca nada.

Está cansado. De tener que seguir. De no saber cómo volver a casa , de volver a sus miradas que le reprochan. Y a miles de palabras de las que él no sabe más que defenderse con un déjame que ahora empieza el partido.

Estaba en un hotel. Ahora todo está pensado para que uno no sepa ni dónde está, que no quede ningún recuerdo sobresaliente. Todo.. conocido. Predecible. Cogió su traje de siempre, su portátil, sus cargadores. Comió en un restaurante y pidió algo con aguacate y salsa asiática, como siempre.. innovando todos por igual.

No necesitaba prestarle atención a nada, salvo al proyecto. Ajustar la tipografía, revisar la puntuación, no decir gilipolleces en un mal inglés. Creo que ya he repasado esta presentación más veces que me tocó copiar “ no contestaré si no me lo preguntan” en las clases del profesor Narváez. Qué asco era estar en clase también.

Ya ni sabe si habla bien inglés. Como el pádel: cuantas más clases da, más siente que no aprende nada. Que hace años que no es capaz de ser mejor de lo que fue. Pero lo hace. Hay que pasar la pelota al otro lado tantas veces como se pueda. Mientras el rival te deje.

A veces le dan ganas de rendirse. Se siente el viejo león sobre la rama. Huele a viejo. Y no puede dejar que los demás rujan más fuerte. Aún no, al menos hasta que la pequeña se vaya de casa.

Eso hace: lo que tiene que hacer. No perder partidos. Mostrarse seguro hablando mal inglés. Palmear los culos de sus amigos al pádel. Hace todo lo que se espera de él. Y lo hace bastante bien.

Antes pensaba que el papel de su mujer era más fácil: quedarse en casa. Decir que la pequeña pasa demasiado tiempo en TikTok. Quejarse cuando él llega a casa, que todo es un caos. Que es dificilísimo criar a dos niñas hoy en día.

Es la madre, pero ya no sabe si su mujer, ella ya termina resoplando solo con verle remover el café con la cucharilla. Cuando el está capeando el bufido de su mujer, la mayor ataca mientras va por decima vez a la cocina “Mi psicóloga dice que muchas de mis cosas vienen de casa”. Y claro, la psicóloga —que él paga sin rechistar— también tiene voz para criticarlo. ¿Cómo va a contar su versión? ¿Cómo va a decir que fue religiosamente a todas las coreografías? Que no se opuso a todos esos bailes donde decenas de niñas perreaban con el pelo tirante hasta las cejas. Él iba. Y aún así, ella dice que no estuvo. Que se perdió justo la pirueta con Antía.

Antía. Otra más. Esa niña que pasa más tiempo en su casa que él. Que ahora le dice que la llame “elle”. Que es vegana. Que si hay salchichas de tofu, pero sin cebolla, mejor, porque muchas verduras le dan pena también.

No la soporta. Lo siente por Lucía —que no se merece un padre que ya no le pregunte nada—, pero es que esa criatura le agota. Él come yogures industriales a escondidas, de noche, para que nadie le diga nada.

No la soporta. Y elle a el, menos supone. Empatados.

El ruido del fútbol lo sacó de sus pensamientos. Estaba en la barra de un hotel que podría ser cualquier hotel. El fútbol no le gusta. De pequeño lo llamaban mariquita por no querer jugar. No le traumatizó. Era un insulto genérico. Ahora todo el mundo se ofende. No se puede decir nada.

Entre quedarse escuchando el partido y bajar al restaurante donde los padres beben gin-tonics y los niños mandan, prefiere a los niños. En su época, uno no se movía de la silla sin permiso. Ahora los niños comen con el móvil y nosotros somos los que estamos callados, aburridos, a ver cuando podemos irnos.

Se sienta en una mesa que no han recogido. Hay un mantel con dibujos a medio colorear, ceras sueltas, restos de galleta. Algún niño se cansó a los dos minutos. Prefirió correr. En breve volverán calmados, a por el móvil. Al tercer gin-tonic todo se negocia, esos niños saben quien manda.

Gerardo coge una cera.Y le llaman.

Un contratiempo: el jefe de Chicago se va antes, hay que recortar la presentación. Su jefe quiere intervenir para que no parezca que Gerardo lo hizo todo solo. “Que no eres el master and commander”, dice riendo.

-Menudo Capullo. Ya está todo hecho. Y lo sabe. Lleva en esa empresa los mismos años que lleva separándose de su mujer. Diría diez. Pero parecen veinte.

¿y Cuántos años tiene la pequeña? ¿Once? ¿Doce? Parece mayor. Lo verá en el Instagram de ella, le da vergüenza, pero más preguntar.

Mientras habla, dibuja un caracol. No le sale bien. Tampoco sabe muy bien qué dibujar. A veces ya solo dibuja mierdas con moscas en las notas de la reunión. Hasta ahí llega su inspiración.

Se acerca un niño. —¿Qué es eso?

—Adivina —responde él, sin ganas. (Lo que no es una mierda, piensa).

Como no le ha salido bien, intenta rehacerlo, poniéndole algo más de interés. Cuelga diciendo que sí, todo ok, pero que lo manden por escrito. Él ya no se juega nada si no viene por email, si hace falta pone en copia hasta al profesor Narváez… se miente más que se habla en esa empresa. Todo por email, amen.

El niño sigue ahí, apoyado en la mesa. Los padres, en otra conversación hortera.

Gerardo pinta una mariposa. Un sol. Lo típico. El niño se aburre, normal, y se va. Uno de ellos ya han conseguido el móvil de los padres. Al tercer gin-tonic todo se negocia. Come algo con salsa de pistacho mientras colorea en el papel.

Y por unos minutos… no piensa en la presentación. Ni en su jefe. Ni en el camarero que lo mira con cara de compasión que ni disimula. Solo pinta.

Y de pronto, algo hace clic.

Piensa en Lucía. En todas las veces que ella dibujaba. En lo bien que lo hacía. Con detalle. En cómo sabía lo que quería dibujar. Qué difícil es eso. Pensar en algo y dibujarlo. Sin copiar.

Y piensa en él. De niño. En que también quería dibujar. En que soñaba con pintar murales en ciudades grises. En que quería dibujar insectos gigantes. Se pasaba horas mirando a las hormigas. Fascinado. Cómo cargaban cosas diez veces más grandes que ellas. Era como si un humano pudiera cargar a un elefante. Las veía ir y venir. Y se preguntaba qué pensarían. Si tenían alguna idea de lo que era el mundo.

Lo había leído una vez. Que una hormiga podía levantar cincuenta veces su peso. ¿Cómo podía recordar eso y no el cumpleaños de su hija?, se preguntó.

Pero un día dejó de preguntarse cosas y no se acuerda cuando.

Un día dejó de dibujar.

Simplemente… hizo lo que tenía que hacer. Estar sentado, no molestar. Convertirse en un hombre.


Tras la conferencia —correcta, sin más— su jefe dijo que el problema era que no sabía delegar. Que no sabía pedir ayuda a tiempo. Seguro que ni lleva a sus hijos al psicólogo el muy capullo.

Volvió a casa, cansado. Enrolló el mantel con los dibujos. Lo puso en la nevera, con un imán de un viaje que ya ni recuerda.

Lucía lo vio en una de sus incesantes visitas a la cocina.

—¿Y esto?

—Nada. Me lo regalaron. Los hijos del jefe, lo tuve que traer.

No fue capaz de decirle nada más. Pensó en decirle que él también dibujaba, pero no tan bien. Que era demasiado difícil dibujar sin copiar algo. Que le gustaban las hormigas. Que aún la recuerda bailando. Que sí que estaba guapísima. De tan contenta que iba. Pero no dijo nada.

No llores, se dijo. Ahora no seas mariquita.

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